
Isabel Perón, la Virgen y la llave de la ciudad al último dictador: postales de Ushuaia antes y después del golpe
A 50 años del golpe de Estado, Ushuaia también tiene su propia secuencia del antes y del después. No como una rareza del fin del mundo ni como una nota al pie de la historia argentina, sino como una de sus expresiones más nítidas. Porque en esta ciudad, donde la condición de Territorio Nacional ya había naturalizado durante décadas la llegada de autoridades designadas desde el poder central, el quiebre de 1976 no pasó simplemente por la presencia de uniformados. Pasó, sobre todo, por la interrupción del último tramo de legitimidad democrática que había logrado abrirse en la vida municipal.
Ese último nombre fue el de Miguel Ángel Torelli, que asumió el 25 de mayo de 1973 y quedó al frente de la intendencia hasta el 24 de marzo de 1976. Su mandato fue interrumpido por el golpe. Lo que siguió no fue una transición ni un simple recambio administrativo: fue el reemplazo del voto por la designación y la inserción de Ushuaia en la maquinaria institucional de la dictadura. El primer nombre de esa nueva etapa fue Aníbal Luis Malnatti, que ocupó la intendencia tras la caída de Torelli. Después lo sucedió Enzo José Pérez Cecchi; en 1981 fue nombrado Francisco Restovich; y en 1982 asumió Rogelio Pérez Quintana, que permaneció en el cargo hasta el 10 de diciembre de 1983.
En paralelo, la conducción del entonces Territorio Nacional de Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur siguió otra secuencia, también marcada por la lógica del poder de facto. El primer interventor tras el golpe fue Norberto Celestino Bonesana, aunque su paso por el cargo fue breve. Después, el hombre enviado por la Junta Militar para quedarse con el mando político del territorio fue Jorge Luis Arigoti, que gobernó entre 1976 y 1981. Luego lo sucedió Raúl E. Suárez del Cerro, que siguió hasta el retorno de la democracia. En la historia local, Arigoti quedó asociado a un ciclo de obras públicas y expansión en infraestructura, en medio de un fuerte crecimiento demográfico y de la mirada geopolítica que el régimen tenía sobre el sur argentino. Pero ni los puentes, ni los gasoductos, ni las plantas potabilizadoras alteran el dato central: se trató de una administración designada por la Junta, sin urnas y sin legitimidad popular.
Dos años antes del golpe, la escena había sido muy distinta. El 10 de diciembre de 1974, Isabel Perón viajó a la Antártida en una visita oficial que la convirtió en la única mujer presidenta del mundo en haber pisado el continente blanco durante su mandato. En esa escala por el sur, Ushuaia quedó en el itinerario y también en la memoria local. Allí aparece una imagen menos oficial y más doméstica, pero de enorme valor histórico para la ciudad. En el libro Legados Fueguinos. Ushuaia, vivencia de los lugareños, Esther Fadul recordó: “en esta casa de mis padres comieron tres presidentes, la Sra. Isabel Perón, Frondizi y Carlos Menem”. La frase, simple y contundente, ubica a Isabel Perón almorzando en la casa de los Fadul, una familia decisiva en la historia política fueguina. Y no se trata de un dato menor: Esther Fadul era por entonces diputada nacional por Tierra del Fuego, cargo para el que había sido electa en 1973 y que ejerció hasta el golpe de 1976. Histórica dirigente peronista y figura central de la vida política del entonces Territorio Nacional, su testimonio le da a esa escena un peso que va mucho más allá de la memoria familiar.
A ese almuerzo, la memoria oral le suma otra escena: la visita a la Virgen María emplazada sobre la Ruta 3, en la zona del Monte Olivia. No hubo allí una gran puesta en escena ni un acto multitudinario. Lo que quedó fue otra cosa: una escala breve, un gesto reservado, una presidenta en el extremo sur, todavía dentro del orden constitucional, aunque con el país ya asomado al abismo.
Y después vino lo que vino. El golpe, la interrupción del mandato de Torelli, el desfile de intendentes de facto, el territorio bajo conducción militar plena y la ciudad acomodándose, a la fuerza o por costumbre, a las formas del nuevo poder. En Tierra del Fuego, donde la designación desde arriba no era una novedad, la dictadura profundizó esa matriz hasta volverla engranaje puro del régimen. Ya no se trataba sólo de un territorio administrado desde Buenos Aires: se trataba de un territorio absorbido por la lógica del gobierno de facto.
El cierre de esa etapa dejó una imagen imposible de suavizar. En 1983, cuando la dictadura ya se caía a pedazos después de Malvinas y del derrumbe político del régimen, Reynaldo Bignone pasó por Ushuaia. Y allí quedó la postal final de aquellos años: la llave de la ciudad entregada al último presidente de facto. En la intendencia estaba Rogelio Pérez Quintana. En la gobernación territorial, Raúl E. Suárez del Cerro. El gesto, leído medio siglo después, no necesita demasiadas explicaciones: el final del régimen todavía podía darse el lujo de una ceremonia de obediencia en el extremo sur.
La secuencia, entonces, se arma sola. Isabel Perón en Ushuaia. El almuerzo en la casa de los Fadul. La Virgen sobre la Ruta 3. El viaje hacia la Antártida. Luego el golpe, la caída de Torelli, la designación de Malnatti, la consolidación del esquema de facto con Arigoti al frente del territorio y, al final, la llave de Ushuaia en manos de Bignone. No hace falta recargarla. La propia sucesión de nombres, escenas y fechas alcanza para mostrar cómo la dictadura también se escribió aquí.
A 50 años del 24 de marzo, esa historia merece ser contada sin maquillaje. Porque Ushuaia no quedó afuera. También tuvo su quiebre, sus desplazados, sus designados y sus postales. Y entre todas ellas quedó una que todavía incomoda por lo que resume: una ciudad que había visto pasar a Isabel Perón rumbo a la Antártida terminó, menos de una década después, entregándole su llave al último presidente de facto.


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